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La invención de los libros del verano

  • El concepto aparece en el siglo XIX.
  • Es un fenómeno que nace para las clases medias.

Ilustración de una joven lectora en jardín victoriano.

No es difícil encontrar, con la llegada de la temporada de vacaciones, largos listados de libros recomendados para pasar el verano, soportar el calor, aguantar junto a la piscina y ocupar las tórridas noches de insomnio. Esto, que damos por supuesto hoy en día, fue, sin embargo, toda una revolución dentro del mundo editorial, que descubrió todo un filón de novelitas fáciles de publicar, en las que el nivel de exigencia era mucho menor y les permitía una nueva temporada de ventas.

Corría la segunda mitad del siglo XIX y un nuevo fenómeno comenzó a calar en las clases medias victorianas, sobre todo en Inglaterra y Estados Unidos: las vacaciones como periodo de autoindulgencia, de pereza, de no hacer absolutamente nada. Esto, que ahora nos parece deseable, era toda una novedad dentro de una sociedad basada en el trabajo duro y el sufrimiento. Pero el crecimiento de las clases medias inició esta tendencia, que acabó, finalmente, en el nacimiento de los libros del verano.

Tengamos en cuenta también que toda esta imaginería que las clases más pudientes podían disfrutar, fue calando hacia abajo, hacia los que poco a poco escapaban de la semiesclavitud de las fábricas y el trabajo agrícola más duro. A medida que la lucha obrera progresaba, los días libres aparecían y más gente sabía leer y escribir, más público potencial tenían este tipo de libros.

Es curioso que los primeros libros del verano fueran escritos precisamente con la idea del verano en mente. Estaban dedicados a gente con dinero, y eran ellos los protagonistas. Jóvenes, solteros (bueno, principalmente, solteras), que disfrutaban de ese lánguido y largo verano lleno de oportunidades de romance y aventura. De hecho, hasta era normal que los personajes protagonistas fueran adictos a los libros del verano.

La recepción por parte de las autoridades morales más estrictas y la crítica, no fue demasiado alentadora. Si la industria entendía que era un “placer menor para las clases medias” el reverendo T. De Witt Talmage escribía en 1876: “hay más basura pestilente leída por las clases inteligentes entre julio y agosto que en todo el resto de meses del año”. Entendemos que al reverendo no le gustaba la moral distraída de muchas de estas historias.

Hay que tener en cuenta que, casi con toda probabilidad, la literatura veraniega fue una de las primeras en ser consciente de su propia naturaleza. No había libros que encajaban en ese nicho sin estar creados a propósito. Eran cortos, de adjetivación sencilla, publicados en tapa blanda y papel fino… instrumentos de usar y tirar tras un largo viaje o una temporada en la casa de campo.

Con el tiempo, la industria se dio cuenta de que la llegada del verano se había convertido en otro de los grandes momentos de venta del año, algo que solo pasaba en temporada navideña, donde se acumulaban las compras y regalos. El verano, como pistoletazo de la temporada de misterios facilones, historias de amor entre gente guapa y adinerada, novelas históricas no demasiado detalladas y narraciones sobre largos y exóticos viajes a los confines del mundo.

Han pasado más de 100 años desde que aparecieron los libros del verano, y la verdad es que su modelo sigue siendo el mismo, ¿no os parece? Eso sí, ahora se valora mucho más que tenga casi 1000 páginas. Un libro enorme que nos acompañe durante todas las vacaciones.

Vía: The New Yorker

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